miércoles, 25 de abril de 2007

Trabajo 1: Una buena foto


El Palladium se venía abajo. Probablemente, el público neoyorquino nunca había visto algo parecido. Eran los Clash. No hacía falta más. Strummer, Headon, Simonon y Jones. No eran los Beatles, no se parecían a los Stones. Así y todo el Palladium, la Meca del punk rock, se derrumbaba. Puede que uno no haya tenido la suerte de estar ahí. Muchos de los que hoy tributan de los Clash, no habían siquiera pensado nacer esa noche del ’79. Pero incluso aunque no hayas nacido, te puedes hacer una idea de lo que estaba pasando. En Nueva York y en el mundo. En Chile también.

Simonon estrelló su bajo contra el piso un 21 de septiembre. Lo hizo de un solo impulso. Lo hizo fuerte. No es necesario tener 28 años para saber lo que es golpear algo fuerte. Duro y contra el piso. Era una sensación que se vivía. Dentro y fuera del Palladium. Te gustara el punk rock, o no.

Si has tocado en una banda, sabes que si aguantas lo suficiente, te vas a encontrar con ese momento. Ese minúsculo espacio en el tiempo en donde genuinamente puedes entregarte y todo va a salir bien. Hay quienes buscan toda una vida ese puto y jodido momento. Es caprichoso, tiene que serlo. Porque la música es sacrificio. El asunto es saber cuándo. Hendrix lo supo e incendió su guitarra. Murió un par de años después.

El punk a diferencia de otras pasiones, como el fútbol, es crudo. No hay abrazos ni vueltas olímpicas. No hay relamidas canciones de tablón. En el punk, no hay opciones de ganar. Se pierde siempre. Por eso la rabia. Aún así, esa noche daba la impresión de que algo grande podía pasar. Entonces, por un breve segundo, Paul Simonon sintió el clic. Un arranque de adrenalina. Después de tres años de anonimato mundial. De peleas y pobreza. De tocatas en lugares mugrosos y pequeños, los Clash lo iban a lograr. Cuatro tipos y algo urgente que decir. Es todo lo que se necesitaba. Ese ataque de escalofriante lucidez se le vino a Simonon a la cabeza. Le quemó los dedos. Y él, con un sólo impulso, tomó su bajo por el cuello y explotó. El instrumento se deshizo en el aire. Los pedazos volaban y parecían suspenderse. Lo único que quedó fue el sonido.

Todo eso quedó gracias a una mujer. Pennie Smith estaba al costado, con su cámara lista. Pero su mérito no fue el oportunismo, sino que el entendimiento. Todo lo que el punk significa está ahí. El blanco y el negro. El sujeto sutilmente desenfocado. La luz que se le mete por la espalda. Su foto es cruda, pero deja con ganas de más. Un tipo que se quiebra por algo súbito e impredecible. Un tipo con algo urgente. Un bajo apunto de volverse a parir, que de pronto se detiene. Y esa indescriptible sensación visceral, de algo que nunca más se volverá a repetir.

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